El origen del Cine, breve historia del primer cinematógrafo

Cartel de "El regador regado", primera película de humor de la historia del cine

La etimología de cinematógrafo, imágenes en movimiento,  κινή (kiné), que significa “movimiento” y por otro lado γραφóς (grafós), nos lleva a un viejo deseo del ser humano de recrear lo que sus ojos veían en movimiento en la naturaleza. Unos antepasados del cine serían los teatros de sombras chinescas y la linterna mágica. Son, desde luego, precedentes remotos y de “espíritu” más que nada, pues el invento del cine, como proyector de imágenes en movimiento, grabadas previamente en un soporte, corresponde a la época “industrial” del siglo XIX.

Los estudios ópticos, alrededor de la capacidad humana de retener y procesar la información de las imágenes captadas, pusieron las bases para crear una herramienta capaz de fijar y luego proyectar la imagen en movimiento. El secretario de la Real Sociedad de Londres, Peter Mark Roget, en 1824 publica un trabajo científico sobre la persistencia, la capacidad del ojo humano, de retener la imagen vista durante una fracción de segundo aunque ya no la tenga en su campo de visión.
Los hermanos Lumière

Los considerados padres del cinematógrafo, los hermanos Lumière, curiosamente, no tuvieron tanto en cuenta las teorías científicas sobre óptica como las cuestiones industriales y mecánicas de los experimentos (por ejemplo, el kinetoscopio de Thomas Edison) que se hacían a partir de estos estudios. Ni que decir tiene que la fotografía, nacida mucho antes, sirve de base para el cine. Al fin y al cabo, lo que lograron los Lumière fue captar las fotografías (fotogramas) en una secuencia (movimiento) y proyectarlas con un haz de luz que las mostraba en sucesión. Dicho así parece sencillo, pero la proyección del 28 de diciembre de 1895 hizo saltar de sus sillas a muchos de los espectadores del pequeño salón Boulevard des Capuchines de París donde se proyectó la llegada de un tren a una estación.

El Día del Padre: San José y el origen del nombre José

El célebre Tío Pepe de la Puerta del Sol

En español y portugués, en castellano o en catalán y en gallego también, José, Jose, Pep, Pepe, es un nombre tan usado y combinado con otros nombres que casi se podría decir que es patrimonio onomástico ibérico y de allí, patrimonio universal sumando América Latina, el África ibérica y las islas y antiguos territorios de España y Portugal en Asia, como las islas Filipinas o Timor. Jose Saramago, un escritor portugués que se sentía ibérico universal. José Luis Rodríguez Zapatero y José María Aznar, sin ir más lejos, serían los últimos presidentes del gobierno español y que llevan ese nombre.

José, el padre adoptivo de Jesús


Como otros nombres muy ibéricos, María, Juan o Ana, el origen de José parece estar en un vocablo hebreo, pues en las Antiguas Escrituras aparece como nombre de varios personajes y por su significado más literal,“él añadirá”, está relacionado con la paternidad o fertilidad masculina. Es significativo que lo llevase José de Nazaret, esposo de María, la Virgen, y “padre adoptivo” de Jesucristo. Es el santo venerado hoy como patrón de la paternidad: San José. Celebrándose en la mayoría de los países de cultura católico el día de su santificación, 19 de marzo, como 'Día del Padre'. Es un santo que tiene también la digna categoría de “obrero”-carpintero-.

La etimología nos cuenta que el nombre de José deriva de yôsef “añada”, del verbo lehosif “añadir”; y el uso del que derivó el nombre sería Yosefyah que viene a significar “añade Yahvé” o “Él añadirá”. Convirtiéndose, por tanto, en un nombre masculino. En la Biblia aparece como el nombre del undécimo hijo de Jacob. En español no comienza a abreviarse hasta el siglo XIX, apareciendo en todos los documentos como nombre escrito usando la “ph” final: Joseph.

El origen de la música; breve historia del arte musical

Corchea. Fuente imagen Wikipedia
¿Qué destello surgió en el ser humano para comprender que ciertos sonidos, acompañados por movimientos (danzas), suponían un beneficio para su mente y cuerpo? La pregunta se las trae. Que la música amansa a las fieras, que la música es sanadora de espíritus enfermos o que la música es poesía del alma, no ayudan mucho a obtener una “respuesta científica”. Será la arqueología quien mejor nos eche una mano para encontrar los primeros indicios de ‘arte musical’.

La caza y la guerra, dos actividades humanas poco serenas estarían en el origen de la música. ¿Recuerdan que es una azagaya? Ese arma en forma de jabalina terminada en una punta de asta de cérvido con un propulsor, que era el “Kalashnikov” de la Prehistoria. Pues la azagaya, al ser lanzada con el propulsor, producía un sonido que quedaba íntimamente relacionado en la mente de los cazadores, sonido que trasladarían a sus ritos previos a la cacería o de celebración de lo cazado.

A los instrumentos de percusión más primitivos, golpear un tronco con una piedra, se le fueron añadiendo herramientas que producían otros sonidos, al batir el aire, más “sofisticados”, como la mencionada azagaya y, más adelante, los arcos (instrumentos de cuerda), armas empleadas por todos los grupos prehistóricos tardíos y después por todas las civilizaciones del planeta (curioso, ¿verdad?).

Tenemos años bisiestos por el calendario juliano y su reforma gregoriana

Día 29 de febrero, vivido sólo en años bisiestos. Fuente imagen  20minutos.es

Si es occidental o de cultura católica, se habrá percatado que este año la Semana Santa es bastante pronto, la tercera semana de marzo. También habrá vivido un 29 de febrero, día que no suele vivir todos los años. Es decir, este 2016 es bisiesto y las razones de que las fechas de festivos de Pascua estén adelantadas tiene que ver con ello. Además, tiene que ver con la siempre curiosa relación entre astronomía y religión. Hagamos un viaje en el tiempo y vayamos a la época de Julio César.

Los astrónomos egipcios al servicio de César resolvieron muy bien una evidencia científica allá por el 50 a de C. Resulta que comprobaron que la tierra tarda en dar una vuelta completa alrededor del sol 365 días y un cuarto. Era una manera de "redondear" los 365 días, 5 horas y 49 minutos que tarda la tierra en su viaje estacional. Por tanto, para cuadrar el 'año astronómico' con el año civil (terrenal o religioso), tuvieron la buena idea de crear el 'año bisiesto'; cada cuatro años (4 = al cuarto de día más) de 365 días se daría un año de 366 días (bisiesto). Este calendario fue aceptado por lo bien que funcionó por los siglos de los siglos y se llamó 'Calendario Juliano' por su promotor, Julio César

Sin embargo, lo bueno puede durar mucho, pero necesita perfeccionarse porque si no es exacto, los mínimos errores generan acumulación de desajustes con el paso del tiempo. Así pasó con el "redondeo" juliano de los años bisiestos, que consideraba 6 horas (1/4 de 24 horas) en lugar de las astronómicas 5 horas con 49 minutos. Esos más de 10 minutos redondeados produjo que en el siglo XVI, el calendario litúrgico de la Semana Santa, que se fijó para el primer domingo después de la primera luna llena tras el equinoccio primaveral, comenzase el 11 de marzo (muy alejado del 20/21 marzo que era el "normal" equinoccio primaveral).