Células HeLa, las primeras células humanas que se lograron conservar

Imagen dominio público. National Institutes of Health (NIH)

Octubre de 1951 pudo pasar a la historia por muchos motivos. Por ejemplo, Winston Churchill comenzaba en Gran Bretaña su segundo mandato como premier y en Argentina empezaba a emitir el primer canal de Televisión, el Canal 7. Pero hay una fecha importante que ha pasado desapercibida, el 4 de octubre de 1951 fallecía por un cáncer de cuello de útero Henrietta Lacks. Una joven madre afroamericana que pasaría a ser “eterna”. Las iniciales de su nombre componen las de las primeras células humanas que lograron sobrevivir en un laboratorio: las células HeLa.

Henrietta Lacks y sus células inmortales


La periodista especializada en temas científicos, Rebecca Skloot, en su libro “La vida inmortal de Henrietta Lacks” (Temas de Hoy, 2011), nos relata cómo esas células fueron extraídas del tumor sin el consentimiento de Henrietta meses antes de morir. La entrega de esas muestras tomadas de forma fortuita, en uno de esos afortunados “accidentes” de la ciencia, al laboratorio del investigador Geroge Gey iba a suponer la entrada de Henrietta en la historia.

Los intentos por mantener células del cuerpo humano vivas, una vez que se extraen, habían una y otra vez fracasado. Las células comienzan a morir sin remedio, lentamente, no logran sobrevivir sin la esencia vital que proporciona el cuerpo y además alargar la vida artificialmente supone que envejecen más rápido y, por tanto, acaban muriendo igualmente. Sin embargo, con las de Henrietta no ocurrió eso. Es más, empezaron a crecer a un ritmo espectacular.


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Inmortalidad, ni mueren ni envejecen


Las células fueron codificadas con el nombre de HeLa y mientras tuvieran nutrientes y calor se mantenían indefinidamente vivas. El beneficio para la ciencia era evidente, fueron una herramienta crucial para la medicina y cientos de miles de personas salvaron su vida gracias a su empleo en los estudios sobre la vacuna contra la polio, en la lucha contra los virus, en la batalla desigual contra el cáncer y sirvieron de ayuda en el desarrollo de la clonación o la fertilización en vitro.

El laboratorio de George Gay compartió de forma desinteresada las células con los principales investigadores del mundo, lo que permitió grandes avances en biología molecular. Pero el mercantilismo ha llegado en los últimos años al uso y cultivo de estas células “milagro”. Grandes empresas biomédicas, farmacéuticas, poderosos laboratorios de la industria química, comenzaron a comercializar las células Hela, obteniendo facturaciones multimillonarias.

Ética médica, investigación y negocios


La propia Henrietta Lacks provenía de una humilde familia de campesinos de Virginia y sus descendientes (tuvo cinco hijos) no corrieron mejor suerte en su estatus social y económico. Continuaron siendo una modesta familia de trabajadores del estado sureño. La periodista Skloot nos cuenta en su libro que la discriminación racial también se daba en la atención médica en esa década de los cincuenta, precisamente los marcados en la lucha por los derechos civiles de la minoría negra, encabezada por Martin Luther King.

Casa del Libro

Ese trato discriminatorio explica que se experimentase en vida con el cuerpo de esa mujer negra enferma de cáncer y que sus células tan singulares acabasen secretamente en manos de un investigador, ávido de éxito en sus ensayos por mantener vivas células humanas. Las investigaciones son costosas y cuando corren a cargo de empresas éstas desean recuperar cuanto antes la inversión. La comercialización puede ser ética hasta llegar al límite de poder financiar el proceso investigador, luego hacer negocio de lo conseguido con las HeLa es puro lucro.

La familia de Henrietta Lacks


No supieron nada de la “inmortalidad” de su madre y esposa hasta otra casualidad, un artículo en una revista científica publicado en 1971 ponía nombre y cara a la donante del tejido que había proporcionado el cultivo inmortal de células humanas. Una pareja es invitada a cenar a casa del hijo mayor de Henrietta, él es un joven científico y marido de una buena amiga de la esposa del anfitrión que al escuchar su apellido lo relaciona enseguida con las células en las que trabaja y el artículo que acababa de leer. Atar cabos para la familia fue fácil.

Desde entonces han intentando reclamar algún reconocimiento para su madre, no sólo moral o el agradecimiento del mundo científico, también, lógicamente, una consideración o compensación económica como herederos de la donante involuntaria de la primera línea celular inmortal, que tan beneficiosa ha sido para los avances médicos pero también para las cuentas de resultados económicos de muchas empresas biomédicas.

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